La timidez de las orquídeas.
Tres semanas en cuarentena y, aunque el ser humano esté desesperado, el medio ambiente se toma un respiro. Los delfines y ballenas se acercan a las costas, las cabras invaden hoteles y la hierba levanta los adoquines que solíamos pisar.
Una extraña flor ha aprovechado estos días en los que no es observada para mostrarse. Han bastado dos semanas de desaceleración para que el aire haya alcanzado los niveles de contaminación suficientemente bajos para permitir este espectáculo. La orquídea de Darwin (Angraecum sesquipedale) ha esperado el momento en el que nadie la mira, cual niño tímido, para florecer por primera vez. Ha ocurrido en un jardín botánico en Tenerife y no es algo habitual, ni que florezca fuera de su hábitat en Madagascar, ni que le demos la suficiente intimidad, en forma de descontaminación.
Darwin, del que recibe su nombre, la consiguió ver gracias a su descubridor, el francés Louis-Marie Aubert, que le envió un ejemplar. Bien podría haberse llamado orquídea de Aubert. Pero no, pasó a la historia como orquídea de Darwin, ya que este indicó, sin conocerlo, que debería existir un lepidóptero capaz de polinizar un ejemplar con un espolón tan largo. Y así fue. Años después se encontró al propietario de semejante espiritrompa. Darwin era mucho Darwin.
Sin duda estaría orgulloso de la primera floración de su orquídea en nuestras tierras. ¿Seremos capaces de entender el mensaje?, ¿perderá la orquídea su atávica timidez?.
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